CAPITULO 5 PRIMERA PARTE EL JUEGO INFINITO

No es la tecnología lo que explica el fracaso, porque la cuestión no es tanto la tecnología en sí, sino el hecho de que el líder no haya imaginado el futuro de su negocio. Es el resultado de la falta de visión de futuro.

Y este cortoplacismo es una condición inherente de los líderes que juegan con una mentalidad finita. De hecho, el auge de este tipo de cortoplacismo durante los últimos 50 años se remonta a la filosofía de una única persona.

Empresas tecnológicas como Facebook, Twitter y Google sin duda parecen más cómodas pidiendo perdón cuando chocan con un montón de costumbres éticas en vez de liderar con una idea fundamental de cómo salvaguardar uno de sus activos más importantes: nuestros datos privados. Según las normas de Friedman, hacen exactamente lo que deben hacer.

Si utilizamos una definición equivocada de los negocios para construir nuestras empresas actuales, es probable que también ascendamos a personas y formemos equipos de liderazgo más calificados para jugar las reglas finitas que adoptó Friedman:

Equipos de liderazgo que probablemente sean los menos preparados para superar las exigencias necesarias para evitar explotar el sistema en beneficio propio. Estos equipos, construidos con el objetivo equivocado en mente, es más probable que tomen decisiones que hagan daño a largo plazo a las organizaciones, las personas y las comunidades que se supone que lideran y a las que se supone que protegen.

Los defensores del capitalismo de mentalidad finita actúan de una forma que, de hecho, pone en peligro la supervivencia precisamente de las empresas de las que quieren beneficiarse.

Es como si hubieran decidido que la mejor estrategia para conseguir las mejores cerezas es talar el cerezo.

Wall Street obliga a las empresas a hacer cosas que no deberían hacer y recomienda no hacer cosas que deberían hacer.

El crecimiento constante no existe. Y no hay ninguna regla que diga que el crecimiento rápido sea necesariamente una gran estrategia para construir una empresa que perdure.

Un líder de mentalidad finita considera que el crecimiento rápido es el objetivo, mientras que uno de mentalidad infinita considera que el crecimiento es una variable ajustable.

A veces, es importante ralentizar estratégicamente el ritmo de crecimiento para ayudar a garantizar la seguridad del largo plazo o, simplemente, asegurarse de que la organización está equipada adecuadamente para resistir las presiones adicionales que conlleva un crecimiento rápido.

Abrir tiendas no es lo que hace que una empresa tenga éxito, sino que la clave es que esas tiendas funcionen bien.

El interés de la empresa radica en hacer las cosas bien ahora y no en esperar para abordar los problemas que el crecimiento rápido puede causar más tarde

El arte del buen liderazgo es la capacidad para mirar más allá del plan de crecimiento y la voluntad de actuar con prudencia cuando algo no está listo o no es adecuado, incluso si eso significa ralentizar las cosas.

Los líderes concentrados en lo finito suelen ser reacios a sacrificar ganancias a corto plazo, aunque sea lo adecuado para el futuro, porque dichas ganancias son las más visibles en el mercado

Y la presión que ejerce esta mentalidad en otras personas de la empresa para concentrarse en el corto plazo va en detrimento de la calidad de los servicios o los productos que compramos.

Si nuestro objetivo es construir empresas que puedan seguir jugando durante varias vidas útiles, tenemos que dejar de pensar automáticamente en los accionistas como propietarios, y los ejecutivos deben dejar de pensar que trabajan solo para ellos.

Los accionistas pueden verse de una forma más sana como colaboradores, tanto si se centran en el corto como en el largo plazo.

Desde la Roma antigua, donde los líderes se negaron a ofrecer la ciudadanía a los aliados que sufrían defendiendo a Roma, hasta los colonos de las trece colonias, a los que les denegaron la representación aunque su trabajo duro hubiera ayudado a alimentar la economía británica, la riqueza y el poder se producen sobre las espaldas de la gente corriente.

En la actualidad, es el empleado quien más sufraga el gasto que hacen las empresas y sus líderes.

Es quien se preocupa cada vez que la empresa no logra sus proyecciones arbitrarias por si lo enviarán a casa sin medios para mantenerse a sí mismo y a su propia familia.

Es el empleado el que llega al trabajo y siente que la empresa y sus líderes no se preocupan por él como persona (nota: ofrecer comida gratis y oficinas fantásticas no es lo que hace que la gente se sienta atendida).

Las personas quieren que se las trate de una forma justa, y quiere compartir la riqueza que han ayudado a construir a cambio del coste que soportan al hacer crecer esas empresas. ¡No lo pido yo, sino esas personas!

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